Poster de Backrooms

[HorrorScience] Backrooms: la película de A24 que convirtió una creepypasta de internet en un fenómeno de terror

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Tiempo de lectura: 11 minutos
Portada de Backrooms
Fecha de lanzamiento
07/05/2026
Dirección
Kane Parsons
Guion
Will Soodik, Kane Parsons
Reparto
Chiwetel Ejiofor, Renate Reinsve, Lukita Maxwell, Finn Bennett, Mark Duplass

Hay pocas veces en las que una imagen sacada de un foro de internet termina convirtiéndose en una de las películas de terror más taquilleras del año, pero eso es exactamente lo que pasó con Backrooms. Lo que arrancó como una simple fotografía de una oficina vacía, con paredes amarillas y alfombra húmeda, subida a un hilo de 4chan en 2019, hoy es una producción de A24 protagonizada por dos nominados al Oscar y dirigida por alguien que, cuando la rodó, todavía no llegaba a los veintiún años. Como fan de las creepypastas y de los espacios liminales desde hace bastante (relacionado: mi análisis sobre Dreamcore y el HorrorScience de Exit 8), tenía muchas ganas de sentarme a ver cómo se traducía todo esto a la pantalla grande, así que vamos por partes.

De un hilo de 4chan a un fenómeno de YouTube

Para quien no esté metido en el tema, los Backrooms nacieron como una leyenda urbana puramente digital. La idea original describía un lugar al que uno podía llegar por accidente, como si la realidad tuviese un error de programación (un «noclip», para usar la jerga de los videojuegos) que te expulsara a un laberinto infinito de habitaciones de oficina abandonadas, iluminadas por tubos fluorescentes que zumban sin parar. Nada de monstruos explícitos al principio: el miedo estaba en la sensación de vacío y de estar atrapado en un sitio que se parece demasiado a algo cotidiano.

Quien le dio forma audiovisual a esa idea fue Kane Parsons, un chico de California que por entonces subía animaciones hechas en Blender a su canal Kane Pixels. En enero de 2022 publicó un corto en formato found footage llamado «The Backrooms (Found Footage)», y la reacción fue inmediata: millones de reproducciones y una legión de seguidores pidiendo más episodios. A24, el estudio detrás de títulos como Hereditary o Midsommar, se fijó en ese fenómeno y terminó ofreciéndole a Parsons dirigir su propia adaptación cinematográfica, algo que lo convirtió en el director más joven en la historia del estudio.

El punto de partida: una vida que ya se estaba desmoronando

La película elige empezar de una manera bastante astuta, con un guiño directo a la mitología que los seguidores del creepypasta ya conocían: un video recuperado, fechado en 1990, en el que un grupo de investigadores de la ficticia Async Research Institute revisa el material grabado por un tal Naren Warne. Este investigador, durante una expedición a ese espacio extradimensional, se separó de su grupo y terminó siendo perseguido por una presencia que apenas se insinúa entre los pasillos amarillos. Ese prólogo, filmado con la estética temblorosa de una cámara VHS, funciona casi como una carta de presentación de las reglas del universo: acá nadie te explica nada, y lo que ves siempre es un poco menos de lo que necesitarías ver para sentirte a salvo.

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Recién después de eso la historia se instala en el presente y se centra en Clark (Chiwetel Ejiofor), un arquitecto que no logró hacer carrera y terminó como dueño de una mueblería venida a menos, con la excusa temática de la piratería incluida hasta en el nombre del local. Clark atraviesa una separación conflictiva de su esposa, a quien nunca vemos en pantalla pero cuya sombra se siente en cada mención, y se apoya cada vez más en el alcohol para sobrellevar las noches que pasa durmiendo en su propio negocio. Para procesar todo esto, ve regularmente a la doctora Mary Kline (Renate Reinsve), una terapeuta que en apariencia tiene todo bajo control, pero que carga con su propia historia sin resolver: una madre agorafóbica que la mantuvo encerrada durante buena parte de su infancia y que terminó institucionalizada, y el duelo por la demolición del edificio donde creció, del que solo le queda un pedazo de cemento con las marcas de sus manos de niña.

Lo interesante es que la película se toma su tiempo antes de mandar a nadie al laberinto. Hay escenas enteras dedicadas a mostrar el día a día de la mueblería, a un comercial de televisión ridículo que Clark graba disfrazado de su propia mascota pirata, y a las sesiones de terapia donde Mary intenta, sin mucho éxito, que Clark rompa con esos patrones repetitivos que ella describe como «bucles» heredados de la infancia. Todo ese tramo inicial construye personajes con peso propio, algo que se agradece bastante en una película que podría haberse conformado con ser una simple excusa para mostrar pasillos amarillos.

Cuando la realidad empieza a fallar

El quiebre llega de la forma más doméstica posible. Una noche, durmiendo en la tienda, Clark nota que las luces parpadean sin motivo aparente y que el televisor se distorsiona solo. Al revisar la caja de los disyuntores encuentra una fisura en la pared que emite un brillo que no debería estar ahí. Cruzarla lo deja del otro lado: en un espacio de habitaciones idénticas, techos bajos y pasillos que no llevan a ningún lado reconocible. Ahí encuentra restos pertenecientes a Naren, el investigador del prólogo, y logra escapar de vuelta a la tienda cuando algo que nunca se muestra del todo empieza a perseguirlo.

Cuando Clark intenta contarle esto a Mary, ella lo interpreta como un síntoma más de su deterioro emocional, una manera de justificar su propio quiebre tras el divorcio. Necesitado de pruebas, Clark convence a su empleada Kat (Lukita Maxwell) y al novio de esta, Bobby (Finn Bennett), de acompañarlo con una cámara para documentar lo que encontró. Es en este tramo donde la película se permite sus escenas más tensas: Bobby se adentra en un corredor con una inclinación antinatural y termina arrastrado por algo que apenas se alcanza a distinguir entre las sombras, mientras Clark y Kat corren detrás de él y terminan separados en una zona del laberinto que ninguno de los tres había explorado antes. La cámara en mano, el sonido ambiente de los fluorescentes y esa sensación constante de estar viendo solo una fracción de lo que realmente está pasando hacen que estos minutos se sientan genuinamente incómodos, en el mejor sentido posible para una película de este género.

De fondo, intercalada con toda esta historia, aparece la figura de Phil (Mark Duplass, muy conocido por la saga de películas Creep), un empleado de Async que observa buena parte de estos eventos a través de cámaras de vigilancia instaladas en distintos puntos del espacio. A través de él la película empieza a insinuar que esta corporación fabricaba antes máquinas de resonancia magnética y que, por motivos que nunca se explican del todo, terminó topándose con los Backrooms hasta convertirlos en su principal línea de investigación. Es un detalle que conecta directamente con la mitología que Parsons venía construyendo desde sus videos de YouTube, y que los que siguieron esa serie van a reconocer enseguida.

Mary cruza al otro lado

Cuando Clark no vuelve a aparecer por su consultorio, Mary decide investigar por su cuenta y termina encontrando el mismo pasaje que él usó para entrar. A partir de ahí, la película empieza a mostrar el costado más personal e introspectivo de los Backrooms: los espacios que Mary recorre no son genéricos, sino que están moldeados por sus propios recuerdos y traumas, como si el lugar fuera reconstruyendo de manera imperfecta fragmentos de su pasado. Vuelve a ver, deformados y ligeramente equivocados, el edificio donde vivió de chica, las paredes cubiertas de diarios que su madre usaba para tapar las ventanas, y situaciones que en su momento vivió como protección y que ahora se leen, con la distancia, como una forma temprana de encierro.

Es en este tramo donde la película deja más claro su verdadero interés: no tanto explicar qué son los Backrooms, sino usarlos como una especie de espejo distorsionado de la mente de quien los atraviesa. Mary se cruza con versiones extrañas y silenciosas de gente y objetos que parecen copias mal hechas de la realidad, casi como si alguien hubiera intentado recrear un lugar familiar a partir de una descripción de segunda mano. La película nunca confirma del todo si esto es sobrenatural, un fenómeno científico que ni la propia Async logra comprender, o una manifestación de la mente de cada personaje, y esa ambigüedad se mantiene deliberadamente hasta los tramos finales, que preferimos no adelantar acá.

Lo que sí puedo decir sin spoilear nada es que el clímax reúne a Clark, ya bastante deteriorado psicológicamente después de tanto tiempo en el laberinto, con una Mary que llegó hasta ahí buscando salvarlo pero que termina enfrentando amenazas mucho más concretas de las que esperaba. La resolución, apoyada en la presencia constante de Async como una fuerza que observa pero rara vez interviene, deja bastante abierta la puerta para futuras entregas, algo que el propio Parsons confirmó que era parte del plan desde el principio.

Mis impresiones

Lo que más me gustó de Backrooms es que no intenta explicarlo todo. Hay una tentación enorme, cuando adaptas algo que nació de la imaginación colectiva de miles de usuarios de internet, de querer darle una estructura de guion clásica con respuestas claras. Parsons elige lo contrario: apoya toda la película en la sensación de extrañeza, en esa lógica de sueño donde reconoces un lugar pero al mismo tiempo sabes que algo no encaja. Esa decisión se nota en el diseño de producción, que se construyó sobre un set real de casi 30.000 pies cuadrados en el que, según contaron varios miembros del equipo, era fácil perderse incluso estando despiertos y con el guion en la mano.

El vínculo entre Clark y Mary también le da un peso emocional que no esperaba encontrar en una película basada en una creepypasta. No es solo «dos personas atrapadas en un laberinto», sino dos personas que arrastran sus propios traumas y que, de alguna manera, terminan enfrentando el vacío de los Backrooms como un espejo de sus propios vacíos personales. Ejiofor y Reinsve sostienen bastante bien ese equilibrio entre el terror físico del lugar y el drama más íntimo de los personajes.

Como crítica, coincido con parte de la prensa especializada en que la película se apoya demasiado en el misterio y en dejar preguntas abiertas, lo cual puede jugarle en contra a quien busque una resolución más contundente. Aun así, como pieza de terror atmosférico y como ejercicio de world-building nacido puramente de internet, me parece un logro bastante notable, sobre todo considerando que detrás de la cámara hubo alguien que hace apenas unos años grababa estos mismos pasillos con una cámara casera en su casa familiar.

Curiosidades

  • El concepto de los Backrooms nació de una única fotografía publicada en 2019, acompañada de un texto que advertía sobre «salirte de la realidad por accidente» y terminar atrapado en un laberinto de habitaciones amarillas.
  • Kane Parsons tenía apenas 16 años cuando empezó a experimentar con la idea que después se convertiría en su serie web, y recién 20 cuando se estrenó la película.
  • Antes de dedicarse a los Backrooms, Parsons se había hecho conocido por sus videos inspirados en Attack on Titan, recreando escenas del manga con animación en Blender.
  • El director confesó que Portal, la saga de Valve, fue una influencia directa para la atmósfera de la película, al punto de decir que todavía sueña con estar dentro del Centro de Enriquecimiento Aperture.
  • Ante los rumores de que Parsons no había dirigido realmente la película por su corta edad, su propio actor Mark Duplass salió a desmentirlo públicamente, asegurando que el joven director tuvo el control total del rodaje.
  • El set construido para la filmación ocupó unos 30.000 pies cuadrados, y según contó el equipo, era tan laberíntico que era fácil perderse en él incluso fuera de cámara.
  • Backrooms se convirtió en el mejor estreno de la historia de A24 a nivel mundial, superando incluso a producciones más establecidas del estudio.

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