Poster de Noroi: The Curse

[HorrorScience] Noroi: The Curse, found footage japonés de culto

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Tiempo de lectura: 8 minutos
Portada de Noroi: The Curse
Fecha de lanzamiento
20/08/2005
Dirección
Kōji Shiraishi
Guion
Kôji Shiraishi, Naoyuki Yokota
Reparto
Jin Muraki, Rio Kanno, Tomono Kuga, Marika Matsumoto

Antes de que el found footage se convirtiera en una fórmula casi agotada a fuerza de repetirse en decenas de producciones baratas, hubo una película japonesa que llevó ese formato a un nivel de ambición pocas veces visto: Noroi: The Curse. Estrenada en 2005 y dirigida por Kōji Shiraishi, no es la clase de terror que apuesta por sustos inmediatos ni por una premisa fácil de resumir en una frase. Es, en cambio, un rompecabezas de casi dos horas que exige paciencia, atención y la voluntad de dejarse arrastrar por una estructura tan caótica en apariencia como meticulosamente calculada por detrás.

Un director que ya venía coqueteando con el formato

Kōji Shiraishi no llegó a Noroi de casualidad. Nacido en Fukuoka en 1973, el director ya venía trabajando el terreno del falso documental desde un par de años antes, con la serie directa a video Honto ni Atta! Noroi no Video, una especie de laboratorio de pruebas donde fue puliendo esa mezcla particular entre la estética del reportaje paranormal y el terror folclórico japonés que después perfeccionaría en su primer largometraje para cines. Esa experiencia previa se nota en cada decisión de montaje de Noroi: The Curse, una película que se presenta directamente como el documental terminado de un investigador desaparecido, y que utiliza esa premisa para saltar sin pudor entre distintos formatos de grabación, testimonios, programas de televisión reales y material de cámara oculta.

Un investigador, tres casos, y una maldición que los conecta a todos

La película sigue a Masafumi Kobayashi, un investigador de fenómenos paranormales con varios libros publicados sobre el tema, que arranca este documental investigando un reclamo bastante cotidiano: una vecina asegura escuchar llantos de bebé provenientes de la casa de al lado, habitada por una mujer llamada Junko Ishii. Lo que en cualquier otro programa de televisión hubiera quedado como una anécdota curiosa, en manos de Kobayashi se convierte en el primer hilo de una investigación que se va ramificando en direcciones cada vez más inquietantes.

Paralelamente, un programa de variedades pone a prueba a un grupo de niños con supuestas habilidades psíquicas, y solo una de ellas, una nena llamada Kana Yano, demuestra un don genuino: frente a cámaras, logra materializar agua de un lago junto con un cabello que resulta pertenecer a un recién nacido. Poco después de esa aparición televisiva, Kana empieza a mostrarse agotada y con un comportamiento errático, hasta que finalmente desaparece. Sus padres le hablan a Kobayashi de la visita de un médium excéntrico, Mitsuo Hori, un hombre profundamente inestable que anda siempre cubierto de papel aluminio para protegerse, según él, de ondas de radio espirituales, y que asegura que a Kana se la llevaron unos «gusanos ectoplasmáticos».

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A esas dos líneas de investigación se suma una tercera: la actriz Marika Matsumoto, interpretándose a sí misma, empieza a experimentar episodios cada vez más perturbadores después de participar en una grabación cerca de un santuario abandonado. Comienza a atar, sin darse cuenta y mientras duerme, hilos y cables en patrones de lazos entrelazados, hasta que una noche, con una cámara grabándola mientras descansa, se escucha claramente una voz susurrando un nombre: Kagutaba.

Una aldea sumergida y un demonio que nadie quería recordar

Ese nombre es la llave que termina uniendo los tres casos. Kobayashi consulta a un historiador local, quien le explica que Kagutaba es una entidad demoníaca invocada hace décadas por los habitantes de una pequeña aldea llamada Shimokage, ubicada en una zona que terminó siendo inundada en 1978 para construir una represa. Antes de eso, los aldeanos realizaban un ritual anual para mantener contenta a la entidad, después de haberla encerrado por desobedecer sus propios designios. Con la aldea bajo el agua y sin nadie para continuar esas ceremonias, el sello que mantenía tranquilo a Kagutaba empezó a debilitarse, liberando su influencia sobre cualquiera que tuviera algún vínculo, directo o indirecto, con ese antiguo culto.

A partir de ahí, la investigación de Kobayashi se vuelve cada vez más peligrosa. Descubre que Junko Ishii trabajó en un hospital donde participó de abortos clandestinos, y empieza a atar cabos sobre para qué podría estar usando esos fetos robados. La aparición de un pergamino antiguo, que muestra el ritual original en el que se alimentaba a un médium con crías de mono, termina de confirmar sus peores sospechas: alguien está intentando recrear esa ceremonia con material humano, buscando devolverle a Kagutaba toda su fuerza. Con Marika cada vez más afectada por episodios de posesión, y con Hori insistiendo en que la situación se está saliendo de control, el grupo termina viajando hasta la represa que sepultó Shimokage, dispuesto a intentar un último ritual para revertir lo que sea que se haya puesto en marcha. Lo que encuentran ahí, y lo que Kobayashi termina descubriendo sobre el verdadero destino de Kana y de Junko, prefiero dejarlo para quien todavía no vio la película, porque el tramo final de Noroi: The Curse es, con justicia, una de las secuencias de cierre más comentadas y perturbadoras de todo el cine de terror japonés.

Un pulso lento que sabe exactamente cuándo apretar

Lo que más me gustó de Noroi: The Curse, revisitándola hoy, es lo bien calculada que está su estructura fragmentada. Shiraishi se permite intercalar material aparentemente intrascendente, como un fragmento de un programa infantil o una entrevista de televisión sin relación directa con la trama, y aun así, cuando uno mira hacia atrás, todo termina encajando con una precisión casi obsesiva. Es una película que exige paciencia: hay tramos de investigación pausada, casi burocrática, que pueden sentirse largos para quien busque sustos constantes, y no es casualidad que buena parte de la crítica coincida en que su último tercio es, por lejos, el más intenso y turbio de todo el metraje.

Esa decisión de construir el terror a partir de la acumulación paciente de pistas, en lugar de apostar por el impacto inmediato, es probablemente la razón por la que Noroi: The Curse envejeció tan bien y sigue siendo una referencia obligada casi veinte años después. El uso del formato de falso documental nunca se siente como un simple truco de bajo presupuesto: Shiraishi lo aprovecha para justificar saltos temporales, cortes abruptos entre distintas cámaras, y una sensación constante de estar viendo algo que fue editado después de que ya pasara lo peor, lo cual añade una capa extra de fatalismo a toda la experiencia. Para cualquiera que disfrute del terror folclórico japonés, de esas historias donde una comunidad entera carga con una culpa colectiva que termina despertando algo que debería haber quedado enterrado, Noroi: The Curse sigue siendo una de las cumbres del género, y una de esas películas que conviene ver sin saber demasiado de antemano.

Curiosidades de Noroi: The Curse

  • Marika Matsumoto interpreta una versión ficticia de sí misma, y su participación en la trama se apoya directamente en su fama real como actriz y presentadora en la televisión japonesa.
  • El elenco incluye a la fallecida ídol y personalidad televisiva Ai Iijima, además del dúo cómico Ungirls, ambos interpretándose a sí mismos dentro de la ficción del documental.
  • El nombre del demonio Kagutaba está compuesto por los kanjis que remiten a las ideas de herramienta, espíritu y maldad, un detalle que refuerza su origen dentro del folclore inventado específicamente para la película.
  • Con casi dos horas de duración, Noroi: The Curse es notablemente más larga que la mayoría de las producciones de terror japonés de la época, algo que el propio Shiraishi defendió como necesario para sostener la complejidad de su estructura.

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