
A história de Superlopez Não pode ser compreendido sem a editora Bruguera. Após sua breve passagem pela pequena editora Euredit, Jan resgatou o personagem para a gigante espanhola dos quadrinhos, que apareceu em revistas como a segunda era de Tio Vivo desde 1974. O autor não ficou nada satisfeito com o constrito estilo “brugueresco” que ali se impunha, e delegou os roteiros a Conti (que se autodenominava Pepe para a ocasião) e Efepé. Com a mudança de cenário ocorrida no final da década de 70 na editora, porém, a série sofreu uma evolução tão grande que acabaria constituindo o auge dos quadrinhos de Bruguera em termos de roteiro e gráficos. Além do mais, o estilo dele acabou sendo tão diferente que é difícil para mim incluí-lo naquela escola. Não é à toa que o próprio Jan também não pensa assim. Nestes aspectos, assemelha-se mais à banda desenhada francesa e belga, onde o estilo cartoonista e alguns toques de humor não contrariam uma trama mais ou menos séria e madura e uma relativa complexidade gráfica, como Spirou, Iznogud qualquer Papiro, entre outros.
Assim, desde assuma o controle de sua série solo começando no número 4 (Os alienígenas), implantou alguns scripts muito elaborados com base na documentação utilizada, e que superou em muito as referências super-heróicas de sua passagem pela Efepé. Em Caixa de Pandora (Olé #8), combinou ficção científica com uma torrente de referências mitológicas de uma infinidade de religiões. O grande sucesso de bilheteria (Olé #9) caricatura o mundo cinematográfico na edição mais delirante, catastrófica e maluca humorística que li até hoje naquela coleção. A maravilha do robô (Olé #14) entrelaça de forma sublime uma infinidade de citações filosóficas e conceitos relacionados a ele. Os ladrões de ozônio (Olé #22) combina mais uma vez a ficção científica com outros elementos, no seu caso o contraste de um cenário semelhante ao da descoberta da América (há referências a ela por todo o lado, a começar pelo descobridor da Terra, Kon-Kolón) com um panorama contemporâneo cujos resultados por vezes beiram a hilaridade.
Neste artigo vou revisar uma aventura que se baseia nestas referências culturais multidisciplinares: O Senhor das Chupetas (Olé #5). Haverá quem pense que ele poderia ter selecionado uma obra baseada na pesquisa documental de Jan. Além disso, com toda a razão do mundo, pode-se argumentar que seu estilo ainda não está completamente maduro e que ele ainda tinha muitos recursos e elementos para mostrar. Inclusive, inversamente, pode-se argumentar que, se quisesse representar a virada no que diz respeito aos roteiros super-heróicos de Efepé, poderia ter escolhido Os Alienígenas, em vez de seu segundo expoente. E não escondo: tudo isso é verdade, mas essa história em quadrinhos tem um grande valor sentimental para mim, pois me fascinou quando criança. Isso não significa que, objetivamente, tenha qualidade mais que suficiente para que esta crítica funcione como catalisador da minha segunda homenagem à série de Jan.
A história começa com Juan Lopes andando pela rua com cara nada amigável, indo com pouca convicção para um encontro no cinema com a namorada Luisa. De repente, é atingido no olho por uma chupeta que saiu da boca de um bebê. Ao tentar colocá-lo na boca, alguns gritos o levam a descobrir seu pequeno dono. Quando ele estava prestes a devolvê-lo, foi perseguido com malas pela avó, que acreditava ter roubado intencionalmente sua chupeta. Em seguida, um agente intercede, mas a única coisa que consegue é causar grande comoção. Aproveitando a ocasião, López ele foge para adotar a identidade de Superlópez, embora isso não o impeça de ser novamente perseguido pela avó após pegar a mesma chupeta, que havia caído no chão. É nesse momento que ele aparece un misterioso hombrecillo que le hace probar un chupete. Entonces, sucede algo extraño. La anciana, desconcertada, deja de seguirle y vuelve por donde ha venido. ¡Se había vuelto invisible!
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Este extraño personaje, un hombre bajito, barbudo, de gran nariz y ataviado con un sombrero (que oculta su calva), gafas oscuras y gabardina, guía a nuestro héroe hasta un sótano mientras le relata la naturaleza del chupete que le acaba de dar y su papel en toda la historia. Se trata, nada más y nada menos, del gran Chupete Único, creado por el siniestro Tchupón. Además de éste, también creó seis Chupetes Negros, con los que corrompió a sus seis servidores, los Chupópteros Negros. El influjo de los chupetes en la humanidad se fue acrecentando de generación en generación (aparece un flashback en el que, desde las cavernas, los bebés lloran más y más fuerte cuando le quitan su chupete). Esa sería también la raíz de tics compulsivos como morderse las uñas, chupar bolis o mascar chicle. No sólo eso, también la adicción al juego, al fútbol, a la tele… ¡Son la raíz de todos los vicios, una amenaza para la humanidad! Por eso le arrebató el gran Chupete Único a Tchupón, pero, sin su influencia, los Chupópteros Negros se independizaron de su amo y actuaron por su cuenta, no quedándole más remedio que acudir a Superlópez para que les haga frente.
Éste, que no se cree una palabra y le toma por loco, le manda a paseo y vuelve volando a casa, sin ser consciente de que se lleva el chupete con él. Allí descubre que, en efecto, tiene poder de manipular su voluntad tentándole a llevárselo a la boca y de hacerle invisible. Además, le hace llorar como un bebé si alguien se lo saca, como pudo comprobar cuando Luisa (que fue a cantarle las cuarenta por dejarla plantada) le dio un bolsazo tras quitárselo al ver el chupete aparentemente flotando en el aire. Con ello, decide enfrentarse a los malvados chupópteros. Eso sí, después de la oficina. Lo que no sabía nuestro héroe es que el metro en el que viajaba estaba controlado por uno de los Chupópteros, y que le llevaba directo a su guarida. Tampoco que le seguía el mismo hombrecillo que le dio el Chupete Único, con una actitud no poco sospechosa…
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Cualquiera que conozca el universo de Tolkien habrá captado desde un primer momento las referencias a El Señor de los Anillos. No hace falta ser un lince para ver los paralelismos entre el Anillo Único y el Chupete ídem, los nueve Jinetes Negros con los seis Chupópteros con sus respectivos chupetes y el Señor Oscuro Sauron y Tchupón. Cuando era niño, Peter Jackson todavía no había sacado su trilogía (y, por lo tanto, aún no era mainstream, reduciéndose su conocimiento y culto a unos pocos frikis), y tampoco había leído los libros, pero sí conocía la película de animación de 1978 dirigida por Ralph Bakshi, y me encantaba. Llegué a verla tantas veces en la cinta en la que la tenía grabada que terminé rompiéndola. Por lo tanto, el concepto de mezclar una parodia de Superman con una de El Señor de los Anillos me fascinaba. Eso sí, no esperéis más similitudes con el mundo de Tolkien. Al igual que pasa con Superman, Jan va totalmente por libre en el desarrollo del mundo creado bajo su lápiz, y eso es parte de lo que hace tan especial a su obra.
La historieta se estructura en ocho capítulos de ocho páginas cada uno (salvo el último, que tiene seis), que es lo que ocupaba su espacio en las revistas de Bruguera (en su caso, en Mortadelo Especial) antes de su compilación en este volumen. En cada una de ellas, Superlópez habrá de vérselas con un Chupóptero Negro para arrebatarle su chupete (que no durará mucho en sus manos, pues el hombrecillo misterioso se lo robará a su vez). Tal y como se ve en el flashback, en un primer momento Jan no tiene una idea nítida del aspecto que tendrán los mismos, más allá de llevar una túnica larga con capucha que les cubre toda la cara y ser tan narigudos como su amo, pues no se parecen a los que finalmente veremos en acción contra nuestro héroe (¡y, además, aparecen siete!).
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Eso sí, una vez que entran en escena, vemos que ha sabido dotarles de características únicas a todos ellos. Varía la forma de su capuchón, el contorno de su nariz, su constitución física y, cómo no, su personalidad. A menudo presentan muletillas algo cargantes (por ejemplo, Chupadelpote no para de decir “qué aburrimiento” y, en contraposición, para Chupechín todo es “muy divertido”). Lo mismo cabe decir de sus bases. La mayoría están en ruinas subterráneas, pero otras se sitúan en complejos tecnológicos. A ninguno de ellos le faltan esbirros. En lugar de orcos, tienen tropas de pistoleros y espadachines de ratas y cerdos antropomorfos, descalzos y con túnica con capucha como ellos, además de armamento aparatoso y futurista y robots. Cuando era pequeño me fijaba en cada detalle del cómic, y no me costó mucho distinguir las variaciones de cada ejército. Por ejemplo, el del primer chupóptero es el único que tiene pájaros, cerdos con cuernos y perros (quizás porque aún no había consolidado la tipología de las huestes). Por otro lado, mientras que en unos predominan abrumadoramente los cerdos, en otro lo hacen las ratas. Incluso el uniforme varía, pues en algunos, en lugar de estar encapuchados, llevan cascos futuristas.
En lo que no caí en su momento, pero sí ahora mismo, como quien dice, es en el error de continuidad de la portada. Aparte de que El Señor de los Chupetes no luce su gran nariz (imposible no reparar en ello), vemos que apunta con su chupete a un Superlópez muy enfadado que se dispone a enfrentarse a él… con el suyo colgado al cuello. ¿Cómo es posible que haya dos Chupetes Únicos?
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Por lo demás, el estilo es lo que vemos a lo largo de toda la serie. Aventuras por doquier sazonadas con toques graciosos o simpáticos, llegando a romper la cuarta pared en alguna ocasión (como cuando, tras usar a una gran serpiente noqueada como cuerda, se dirige al lector diciendo “sí, ya sé que puedo volar y no necesito hacer esto, pero así la historieta es más entretenida”). Y, por supuesto, con un héroe haciendo gala de sus principales superpoderes como la supervelocidad (taladra a toda prisa un túnel sólo con su índice y anular antes de que Jan le añadiese la característica de volar haciendo el gesto de los cuernos) o el superaliento, y resistiendo todos los golpes que le propinan. Eso sí, viendo las estrellas en todo momento y con chichones, y pasando cada vez más hambre y fatiga. Como ya mencioné en conociendo a Superlópez, siendo humano hasta como superhéroe, en definitiva.
Por lo que respecta al grafismo, esta es la etapa del Juan López repeinado y chupatintas gafotas que tanto me gustaba (muchos de los números más antiguos los compraba adrede para ver el origen y la razón de su cambio de peinado), pese a que en este número no las lleve en ninguna viñeta. A nivel de técnica, vemos una vez más que lo caricaturesco no está reñido con el detallismo. Las viñetas de Jan están hechas para que el ojo vague por ellas en busca de detalles que haya pasado por alto en una primera lectura. Unos ojos dentro de una papelera, una manzana mordida junto a una calavera en el contexto de las catacumbas, un orinal tras una columna y, aunque aún no han hecho acto de aparición esas pequeñas criaturas narigudas que nadie parece ver (los Petisos Carambanales), sí aparecen insectos aquí y allá, como abejas o mariquitas. Eso sí, por lo que respecta a la labor de los coloristas, aún no es perfecta. Aunque en ediciones posteriores de este volumen dejaron de pintan con colores aleatorios viñetas enteras (algo que, por desgracia, no cambiaron en números anteriores), todavía hay colores extraños en algunos momentos.
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Por cierto, a modo de curiosidad, descubrí recientemente que Tchupón reaparece en Viento en los dedos (Magos del Humor #203). Al menos, a juzgar por su aparición en una esquina en la portada (esta vez con nariz) y la mención en la sinopsis de la aparición de “un viejo y terrible enemigo”. Me hizo mucha ilusión, y espero leerlo más pronto que tarde.
En conclusión, puede que tras O Senhor das Chupetas no haya el trabajo ingente de documentación como ocurre en otras obras con un trasfondo más realista, pero sí vemos la imaginación y creatividad de Jan en toda su ebullición, con entornos fantásticos, inverosímiles e intrigantes y situaciones serias con un regusto surrealista o incluso un poco absurdo. Quizás por eso me gustaba tanto de pequeño, además de las mínimas referencias tolkienianas. Y es que, aunque algunos los consideraba disfrutables, había muchos detalles en la historia y los diálogos que se me escapaban, simple y llanamente porque aún carecía de la madurez necesaria para comprenderlos. Es una pena que luego me olvidase de él para centrarme en otros menesteres dentro y fuera del mundo del cómic. Recientemente los he redescubierto y su lectura me parece una delicia. Cierto es que las críticas de sus obras más recientes no son las mejores. Hay quien dice que su nivel bajó bastante con respecto a clásicos como O Senhor das Chupetas. Ahora bien, teniendo en cuenta que Jan es una persona que se mueve esencialmente por motivación y que estaba cada vez más desanimado por la bajada de las ventas de sus cómics, ¿qué fue antes, el huevo o la gallina?
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Hoy el mundo es un poco más gris por el fin de la publicación de las aventuras de este mítico personaje que, con todo, quedará en los anales de la historia del cómic español.

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