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Llevaba años escuchando sobre Michael Brough como ese diseñador al que admiran otros diseñadores. El tipo que hace juegos tan compactos que parecen un acertijo matemático disfrazado de videojuego, con tableros diminutos y reglas tan crípticas que al principio juras que es una broma. Pero luego empiezas a desenredar la madeja y te das cuenta de que no hay broma alguna: es un genio.
868-BACK, publicado por Finji y lanzado el 28 de mayo, es la secuela de aquel 868-HACK que en 2013 se convirtió en un clásico de culto en dispositivos móviles. Ahora, más de una década después, Brough regresa con un juego que no solo honra el legado del original, sino que lo expande hasta convertirlo en una experiencia mucho más ambiciosa. Y después de haberle dedicado varias horas (y varias derrotas humillantes), puedo decir que este juego me ha hecho sentir exactamente como esas películas de los 90 me hacían imaginar que se sentía ser hacker: cool, inteligente y, sobre todo, terriblemente vulnerable en el momento justo en que la codicia te gana.
Un Tablero Pequeño, un Universo de Decisiones
Lo primero que ves al abrir 868-BACK es un tablero de 6×6, una carita sonriente que te representa, y una interfaz que parece diseñada por un adolescente en MS-DOS. El tutorial es corto, brusco y está presentado por un «script kiddie» que te suelta las bases sin piedad y te deja a tu suerte. Al principio, uno se siente perdido. Pero esa aparente simpleza es un anzuelo. Detrás de esos píxeles toscos se esconde un sistema de juego que combina la tensión de los mejores roguelikes con la profundidad de un juego de mesa moderno.
El objetivo es siempre el mismo: infiltrarte en servidores corporativos para robar datos y desmantelar el capitalismo digital, una megacorporación a la vez. En cada partida, avanzas a través de ocho servidores, pero el camino no es lineal. Entre servidor y servidor, tomas decisiones que afectan tu ruta y los desafíos que enfrentarás. Una campaña completa se extiende a lo largo de 19 días dentro del juego, y si te desconectan demasiadas veces, todo tu progreso se pierde y debes empezar desde cero. Es implacable, pero esa misma presión es la que convierte cada decisión en un momento de sudor frío.
En el tablero, te mueves por turnos, recolectando recursos, obteniendo «progs» —los programas que funcionan como tus habilidades especiales— y enfrentándote a enemigos que aparecen de la nada. El giro más retorcido, y a la vez más brillante, es que cada objeto o punto que recolectas genera inmediatamente más enemigos en el mapa. Necesitas herramientas para sobrevivir, pero conseguirlas atrae más peligro. Es un círculo vicioso que te obliga a medir cada movimiento: ¿tomas ese recurso tentador y arriesgas desatar el caos, o lo dejas pasar y sobrevives otro turno? Es un equilibrio imposible, y la mayoría de las veces, la codicia te gana.
Y créeme, he fracasado muchísimo. Cada muerte ha sido por ver un montón de puntos a mi alcance y pensar «sí, soy lo suficientemente bueno para esto», para luego ser devorado por las consecuencias de mi propia ambición. Pero cada fracaso también me ha enseñado algo nuevo sobre cómo funciona el sistema. Ese es el verdadero gancho del juego: cada partida es una lección disfrazada de derrota.
Más Allá del Tablero: Progs, Riesgos y un Ritmo Adictivo
Los «progs» son el alma de la estrategia. Son bits de código que robas a las propias corporaciones y los usas como armas o herramientas. Algunos te permiten empujar enemigos a través de las paredes, otros te convierten en una pieza de ajedrez que salta por todo el tablero, y hay algunos tan extraños que ni siquiera termino de comprender del todo después de varias horas. La gracia es que cada prog tiene un costo y un riesgo asociado. Usar tecnología corporativa contra sus dueños puede tener consecuencias imprevistas, lo que crea un tira y afloja constante entre jugar a lo seguro o arriesgarlo todo por una ventaja mayor.
Y luego está el meta-juego. Entre runs, puedes desbloquear nuevas habilidades y mejorar tu arsenal, pero no hay una progresión permanente que te facilite la siguiente partida. Cada vez que empiezas, estás en igualdad de condiciones con el sistema, y todo depende de tu habilidad para adaptarte a lo que el juego te va lanzando. Es puro roguelike, sin concesiones.
Una de las decisiones de diseño que más me ha gustado es cómo el juego recompensa la experimentación. Al principio, el tablero se siente claustrofóbico; cada casilla parece un callejón sin salida. Pero cuanto más juegas, más empiezas a entender las posibilidades. Descubres formas de empujarte a ti mismo a través de los límites del mapa, de usar el terreno a tu favor, y de combinar progs de maneras que nunca imaginaste. Es como si el juego te dijera: «las reglas son sencillas, pero lo que hagas con ellas, eso ya es cosa tuya». Y cada vez que logras una combinación que te saca de un aprieto, la sensación de poder es inmensa.
Estética Cyberpunk Noventera con un Sonido que Te Mete en el Ambiente
En el apartado visual, 868-BACK es un auténtico homenaje a las películas de hackers de los 90. Los píxeles toscos, las paletas de colores agresivas, las pantallas de carga con texto críptico y ese «dudoso burrito» que puedes conseguir como recurso (sí, lo leíste bien) evocan todo el imaginario de Swordfish y El Cortador de Césped. Pero el juego no se limita a copiar una estética; la abraza con cariño y la integra en su diseño. Cada elemento visual tiene una función clara: los iconos de los enemigos, los indicadores de peligro, los recursos brillando en la oscuridad. La interfaz, pese a la cantidad de información que maneja, nunca se siente abarrotada, y funciona a la perfección tanto con ratón como con mando.
La banda sonora es otro punto alto. Un bajo pesado y sintetizadores que te envuelven en una atmósfera de urgencia constante. Los efectos de sonido, desde el zumbido de los servidores hasta el pitido de los datos que robas, están diseñados para mantenerte alerta. Y cuando consigues superar un servidor particularmente difícil, la música te premia con un breve respiro antes de lanzarte al siguiente desafío. Es un detalle pequeño, pero contribuye enormemente a la sensación de estar dentro de una película de hackers.
Lo Que Me Llevo Después de Varias Horas
868-BACK no es un juego fácil ni indulgente. Es un juego que te exige paciencia, atención y una buena dosis de autocrítica. No esperes una historia profunda ni personajes con arcos dramáticos. La trama está ahí como excusa: eres un hacker anónimo que lucha contra megacorporaciones para recuperar la Mainframe, y punto. Los personajes son arquetipos y los diálogos mínimos. El verdadero «contenido» está en la interacción mecánica, en el sudor de tu frente mientras decides si arriesgarte por un prog poderoso o retirarte con lo que tienes.
Eso no significa que carezca de profundidad narrativa. A medida que avanzas, desbloqueas fragmentos de historia sobre por qué el Hacker original desapareció y qué secretos esconde la Mainframe. Pero nunca se convierte en el foco principal. Y eso está bien. Porque la verdadera recompensa de 868-BACK no es ver los créditos finales; es ese momento en el que, después de fracasar una y otra vez, finalmente logras una combinación de movimientos que te permite salir de un aprieto con una sonrisa de satisfacción. Es el placer de resolver un puzle donde las piezas se mueven solas y cada una de tus decisiones es el principio o el final de tu run.
Después de tantas horas y tantas reinicializaciones frustrantes, tengo claro que 868-BACK es una de las experiencias más adictivas que he tenido este año. No es para todos: si buscas acción frenética o una historia guionizada con personajes memorables, esto no es lo tuyo. Pero si eres fanático de los roguelikes puros, de esos que te obligan a pensar y repensar cada movimiento, y si te gusta la estética cyberpunk de los 90, este juego te va a absorber. Y aunque el precio de lanzamiento puede parecer elevado para lo que a simple vista es un tablero de 6×6, la cantidad de horas que puedes perder —y disfrutar— tratando de dominar sus sistemas justifica con creces la inversión.
Solo hay una cosa que me sigue molestando: después de varias sesiones, he encontrado algún que otro momento en el que la interfaz se vuelve un poco lenta al mostrar los resultados de los combates, nada que arruine la experiencia, pero sí lo suficiente como para notarlo. También he leído en algún foro que algunas combinaciones de progs pueden resultar demasiado poderosas, desbalanceando ciertos encuentros, aunque en mi experiencia todo depende de cómo los uses y del contexto de cada partida. Nada que no se pueda solucionar con unos ajustes.
868-BACK ya está disponible en PC (Steam, GOG, Humble) desde el 28 de mayo. Si te gustan los desafíos cerebrales, las estéticas retro y la sensación de ser un hacker en una película de serie B, te lo recomiendo sin dudarlo. Si no, al menos échale un ojo a la demo. Quizá descubras que el placer de hackear no está en los efectos especiales, sino en la tensión constante entre lo que quieres y lo que puedes pagar.
«El Mainframe está perdido, y puede que seas la única persona que aún puede luchar contra las MegaCorps. Tienes suerte.»
— Descripción oficial en Steam.





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