Tabla de Contenidos
- Un ángel obligado a aceptar su propia oscuridad
- Dos formas, un mismo mapa, dos maneras completamente distintas de jugarlo
- Vuelo, dash y trepada de paredes: una exploración que se abre de a poco
- Un salto visual notable, fiel al espíritu de Wonder Boy
- Una secuela ambiciosa que todavía tiene algunas aristas por pulir
El Aggelos original de 2018 se ganó un cariño bastante genuino entre los fanáticos del retro gracias a esa mezcla tan particular entre la exploración de Ys y el aire aventurero de Wonder Boy, así que la secuela venía con una vara alta que superar. Aggelos 2, desarrollado nuevamente bajo el sello Wonderboy Bobi y publicado por PQube junto a PixelHeart, acaba de salir y ya desde las primeras horas queda claro que el estudio decidió no conformarse con repetir la fórmula: dio un salto directo a los 16 bits y sumó una mecánica central completamente nueva que cambia bastante la manera de recorrer su mundo.
Un ángel obligado a aceptar su propia oscuridad
La premisa retoma el tono de aventura clásica que caracterizaba al primer juego: encarnamos a un Aggelos, el rango más alto dentro de la jerarquía angelical, elegido por Balro para defender el Reino de Lumen, dominio del dios supremo de la luz, frente al avance imparable del Ejército de las Tinieblas. La particularidad de esta secuela es que, muy temprano en la aventura, nuestro protagonista pierde buena parte de su poder angelical y se ve obligado a aceptar una nueva forma sombría para sobrevivir al caos que se desata en ambos reinos. Esa dualidad entre la luz y la oscuridad no es solo un giro narrativo: se convierte de inmediato en el corazón de todo el diseño jugable, con un mundo que ahora existe en dos capas superpuestas y absolutamente todo, desde el combate hasta la exploración, condicionado por en cuál de las dos formas estemos parados en cada momento.
Dos formas, un mismo mapa, dos maneras completamente distintas de jugarlo
En términos jugables, Aggelos 2 se construye alrededor de esa alternancia constante entre la forma angelical, más lenta y disciplinada, pensada para un acercamiento defensivo, y la forma demoníaca, mucho más ágil y agresiva, cargada de poderes oscuros. Ambas comparten el mapa base del Reino de Lumen, pero cada una tiene su propia disposición de enemigos y obstáculos, y el propio escenario cambia según qué forma estemos usando en ese momento. Encontrar una de las grietas de color púrpura repartidas por el mundo permite saltar entre ambas realidades, y buena parte de la resolución de puzles pasa justamente por usar esas grietas para colarse detrás de una puerta bloqueada o alcanzar una zona a la que la otra forma no puede llegar de ninguna manera. Es una idea de diseño realmente inteligente, aunque después de varias horas de juego coincido bastante con algunas de las primeras reseñas en que el contraste entre ambas formas se siente más marcado en sus ataques que en su movimiento en sí: la forma oscura promete velocidad y agresividad, pero ese cambio de ritmo depende demasiado de pociones temporales en lugar de sentirse como una diferencia estructural entre ambos estados, algo que a mí también me hubiera gustado ver un poco más desarrollado.
El sistema de combate se apoya en golpes de espada y disparos que se pueden cargar, sumados a hechizos que consumen magia, y hay un detalle de diseño que me pareció particularmente acertado: el héroe de luz puede destruir los proyectiles enemigos de color rosa, mientras que la versión oscura hace lo propio con los de color rojo, obligando a prestar atención constante a qué forma conviene tener activa según el tipo de amenaza que se tenga enfrente. Esa lectura rápida del campo de batalla se vuelve especialmente importante en los enfrentamientos contra jefes, que en más de una ocasión se acercan bastante a la estética de las balas por pantalla típica del bullet hell, dentro de un total de trece enfrentamientos repartidos entre ambos reinos.


Vuelo, dash y trepada de paredes: una exploración que se abre de a poco
Como buen metroidvania, Aggelos 2 va entregando nuevas habilidades de movimiento a medida que se avanza, entre ellas vuelo, agarre de paredes y un dash que termina siendo clave tanto para el combate como para acceder a zonas que antes quedaban fuera de alcance. Esa progresión constante de herramientas es uno de los puntos donde más se nota el pulido general del juego, con una curva de dificultad bien administrada que va introduciendo cada mecánica nueva con el espacio suficiente como para asimilarla antes de complicar el desafío. El progreso, además, se sostiene con un sistema de orbes coleccionables que permiten desbloquear ataques especiales devastadores y mejorar tanto la fuerza como la capacidad de supervivencia del personaje, sumándole una capa táctica extra a la exploración que va bastante más allá de simplemente memorizar rutas.
Ahora bien, no todo en el diseño de niveles está a la altura de esa progresión tan cuidada. Algunos pasillos se sienten sobrecargados de enemigos hasta un punto que roza lo agotador más que lo desafiante, y hay decisiones de diseño puntuales que me resultaron directamente extrañas, como una sala fácil de pasar por alto cerca de un callejón sin salida que resulta ser la única forma de acceder al verdadero final del juego, o un sistema de capacidad de moneda que se va ampliando de una manera bastante confusa y poco explicada. Son fricciones menores dentro del total de la experiencia, pero se notan, sobre todo viniendo de un estudio que en el resto del juego demuestra tener muy claro qué está haciendo.


Un salto visual notable, fiel al espíritu de Wonder Boy
En lo estético, el salto del 8 bits original al 16 bits de esta secuela es más que evidente, y el resultado son sprites mucho más detallados y una paleta de colores que aprovecha muy bien el contraste entre los reinos de luz y oscuridad. Sigue sintiéndose como un homenaje directo a la saga Wonder Boy, tanto en el diseño de personajes como en el ritmo general de la aventura, pero con una ambición de escala bastante mayor, gracias a esa verticalidad añadida y a la superposición de realidades que el primer Aggelos no tenía.
Una secuela ambiciosa que todavía tiene algunas aristas por pulir
Como fan del primer Aggelos, esta secuela me deja una sensación mayormente positiva, aunque con algunos peros que conviene tener presentes antes de meterse de lleno. La idea de las dos realidades superpuestas es sólida y está bien resuelta en términos de diseño de puzles; el combate contra los jefes tiene momentos genuinamente memorables, y la sensación general de progresión constante mantiene enganchado durante toda la aventura. Pero también es un juego que exige paciencia frente a algunos tramos de dificultad más artificial que genuina, y con un puñado de decisiones de diseño que se sienten menos pulidas que el resto del conjunto. Para quien disfrutó del original, o para cualquiera con ganas de un metroidvania retro con una vuelta de tuerca interesante sobre la fórmula clásica, Aggelos 2 vale absolutamente la pena, siempre que se llegue sabiendo que no todo en el camino está tan bien iluminado como su protagonista angelical.



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