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Badass Mongoose es un estudio belga del que, hasta hace muy poco, nadie tenía demasiadas referencias. Helix: Descent N Ascent es su primera producción, y ya desde el primer minuto queda claro que no se trata de un debut tímido: es un puzzle de plataformas envuelto en una dirección artística en blanco y negro tan llamativa que por momentos hace olvidar que, debajo de esa superficie, hay un sistema de habilidades combinables bastante más profundo de lo que uno esperaría de una ópera prima.
Despertar sin nombre, sin recuerdos y sin compañía
La premisa arranca de la manera más despojada posible: encarnamos a una criatura de extremidades alargadas y aspecto casi alienígena que despierta sola en un mundo oscuro, silencioso y en apariencia deshabitado. No hay diálogos que expliquen quiénes somos ni qué estamos buscando, y esa ausencia total de texto explicativo se mantiene durante toda la aventura, obligando a interpretar cada símbolo del entorno, cada fragmento de escenario en ruinas y cada objeto encontrado como una pista más de una historia que nunca se cuenta con palabras. Muy pronto en el recorrido aparece un segundo personaje: un doble casi idéntico a nosotros, aunque de colores invertidos, que se cruza constantemente en el camino sin dejar del todo claro si busca ayudar o entorpecer el avance. Esa ambigüedad, sostenida durante buena parte del juego, terminó siendo para mí uno de los ganchos narrativos más efectivos de toda la aventura, y el verdadero motor emocional detrás de un mundo que, en principio, se siente completamente vacío de vida.
El entorno que rodea a esta pareja de opuestos tampoco ayuda a despejar las dudas: entre la mampostería derrumbada y los paisajes casi desérticos aparecen monitores parpadeantes y máquinas recreativas en un estado de conservación curiosamente perfecto, un contraste que sugiere los restos de una civilización mucho más avanzada de lo que el entorno ruinoso deja entrever a primera vista. El juego nunca se apura a explicar esa contradicción, y prefiere que sea el propio jugador quien vaya construyendo su propia lectura sobre qué fue este lugar y qué llevó a esta figura solitaria hasta ahí. Es una decisión narrativa arriesgada, pero que a mí particularmente me atrapó desde el primer instante, porque cada nuevo símbolo encontrado se siente como una pieza genuina de un rompecabezas mayor, y no como un simple adorno visual.
Un sistema de habilidades que se multiplica combinándose
En el plano jugable, Helix: Descent N Ascent se construye alrededor de un puñado de habilidades que se van desbloqueando a medida que se avanza, y que funcionan como piezas de un mismo sistema modular más que como herramientas aisladas. El juego presenta cinco habilidades principales en sus primeras horas: un bloque invocable, un gancho de enlace, un dron, una especie de cápsula para capturar criaturas, y un inversor capaz de alterar el propio mundo. Cada una de ellas resuelve, por separado, un tipo de obstáculo puntual, pero su verdadero potencial aparece recién cuando se combinan entre sí: el mismo bloque que sirve para activar un interruptor de piso puede convertirse en una plataforma flotante sobre el agua, o en un punto de anclaje una vez que se desbloquea el gancho, generando soluciones que rara vez se sienten repetidas. El propio juego promete 25 formas distintas de combinar estas habilidades repartidas en tres niveles de complejidad, y jugándolo de punta a punta puedo confirmar que esa promesa se cumple: la curva de dificultad va sumando capas sin depender de mecánicas completamente nuevas a cada rato, algo que se agradece muchísimo en un género donde es fácil caer en la receta de simplemente acumular herramientas sin profundizar en ninguna.
La estructura general del mapa sigue una lógica de mundo interconectado bastante habitual dentro del género metroidvania, aunque aplicada con un pulso más pausado: zonas que en un primer recorrido parecen cerradas vuelven a abrirse más adelante gracias a una habilidad recién adquirida, empujando a revisitar espacios ya conocidos bajo una nueva luz. No todo funciona con la misma precisión en ese aspecto: hay ciertos accesos ocultos entre los detalles del escenario que me costó identificar a simple vista, y en algunos tramos terminé convirtiendo la exploración del mapa central en un ejercicio de prueba y error bastante menos satisfactorio que el de resolver los propios puzles dentro de cada sala.

Un cómic en movimiento hecho videojuego
Si hay un aspecto de Helix: Descent N Ascent que me parece directamente indiscutible, es su apartado visual. Todo el juego está construido en base a una estética monocromática dibujada a mano, con escenarios en 2D que combinan zonas completamente ilustradas con otras que se disuelven en líneas de boceto y espacios en blanco, como si se tratara de un dibujo todavía inacabado. El propio estudio reconoció abiertamente sus referencias para construir esa identidad: el cómic independiente en blanco y negro de los años 80, el manga de los 90, y la tradición del cómic franco-belga de los 70, una mezcla poco habitual que termina dándole a Helix una textura visual que se siente a la vez clásica y completamente propia. El uso simbólico del blanco y el negro no se queda solo en lo estético: la dualidad entre luz y oscuridad atraviesa buena parte de la narrativa silenciosa del juego, reforzada incluso por la aparición explícita de un símbolo de yin y yang en algún punto de la aventura, por si hiciera falta subrayar todavía más esa idea central.
El sonido acompaña esa propuesta con una banda sonora atmosférica que nunca busca imponerse por sobre la experiencia, sino sostener el tono contemplativo de cada escenario, algo perfectamente coherente con una aventura que privilegia la observación y la paciencia por sobre cualquier tipo de urgencia jugable.


Lo que se queda dando vueltas después de terminarlo
Más allá del envoltorio visual, Helix: Descent N Ascent se propone hablar de temas bastante más grandes que la simple resolución de acertijos: la identidad, la soledad y el vínculo ambiguo entre dos versiones opuestas de una misma existencia. Para mí, esa ambición narrativa es tanto la mayor virtud del juego como su mayor riesgo. La primera mitad de la aventura logra un equilibrio notable entre la introducción constante de ideas nuevas y una atmósfera genuinamente evocadora, y esa fue, sin dudas, la parte que más disfruté. Hacia el tramo final, sin embargo, sentí que ese impulso inicial empezaba a perder algo de cohesión, con revelaciones que se sentían un poco más dispersas que el resto del recorrido. Aun así, el hecho de que el juego confíe tanto en la inteligencia de quien lo juega, sin explicar de más ni allanar el camino con marcadores de objetivos, hace que cada puzle resuelto se sienta genuinamente ganado, y eso pesa muchísimo a la hora de valorarlo en conjunto.
Con un precio de lanzamiento accesible y disponible tanto en PC como en Nintendo Switch, Helix: Descent N Ascent es de esas propuestas que conviene abordar sabiendo bien qué tipo de experiencia se busca: no hay combate, no hay urgencia, y buena parte del disfrute depende de la voluntad de sentarse a observar antes que a reaccionar. Para quien valore ese tipo de ritmo pausado, envuelto en una de las direcciones artísticas más personales que me tocó ver en un puzzle este año, Badass Mongoose entrega un debut que, aunque no logre sostener toda su ambición de principio a fin, deja bastante claro que hay un estudio con una voz propia detrás.



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